El blog de Sandra











{octubre 9, 2007}   Bendita locura

¡¡¡Mauricio ha vuelto!!!
Ahí estaba, junto a la panadería, calado hasta el tuétano, hablando solo sobre el cambio climático (por cierto, qué frío hace hoy en París, y cómo llueve).
Me he alegrado tanto de verle que hasta le he dado un beso. Me ha respondido con su tradicional “Olé, la española” y me ha devuelto el beso (muy cortés, por cierto). Cuando le he preguntado sobre lo que ocurrió cuando se lo llevó la policía, se me ha quedado mirando extrañado y me ha preguntado que qué policía. No se acordaba de nada. Bendita locura.
Sirvan estas líneas como un homenaje a todos los locos de la Historia que, por locos o por demasiado cuerdos, sufrieron el dedo acusador de una sociedad demasiado ciega para ver más allá. Caín, Qin Shi Huang, Sócrates, Alejandro Magno, Jesucristo (pero también Judas), Jacques de Molay, Leonardo Da Vinci, Galileo, Cristóbal Colón, Napoleón, Van Gogh, Gandhi, Martin Luther King, Marcos (el Sub), y tantos otros que, por el peso del tiempo y la ignorancia del hombre, la Historia no ha sabido recordar o mi memoria no ha podido corresponder.
Todos esos locos arriba nombrados ahora tienen un puesto de honor en la Historia. Pero, ¿qué hay de Mauricio? ¿Qué de todos los intolerados que buscan una palabra, su palabra? ¿Qué de todas las minorías que no tienen sitio aquí y ahora, pero son el lugar y el momento? A todas esas personas mi más sincera disculpa y vergüenza por pertenecer, de nacimiento, a la clase que no los tolera, que los calla, que les quita su sitio y su tiempo.
No sé si el tiempo les dará la razón, o si quiera que la humanidad, aterrada por lo que ha hecho, se eche las manos a la cabeza exclamando “¡¿Pero qué hemos hecho?!”. Ignoro cómo de duramente seremos juzgados por la Historia, cómo de duramente seremos juzgados por Dios. Pero hoy, mis líneas, son para el preso sin juicio en la cárcel de Tela, el gay en San Francisco, el negro en el corredor de la muerte, el asiático en Europa, el indígena en la ciudad, el pescador sin barca ni redes, el poeta sin poesía, la ama de casa en casa, la prostituta con SIDA, el comunista en Washington, el fascista en La Habana, el esclavo no liberto. Son para la feminista que lleva a sus hijos al colegio y para el machista que plancha la ropa, para el político honrado y para la infancia de la que abusan. Para los padres maltratados por sus hijos, para los hijos maltratados por sus padres. Para el obrero en la fila del paro, el rumano en el metro, el pacifísta en Irak, el ecologísta en la cumbre del G-8, el analfabeto en el Museo, el Dios en el hambriento, la gaviota en Pirineos, el intocable en la India, el friki entre letrados, el periodista sin columna ni sección, el guerrillero con corazón. Mis palabras son de aliento para todos aquellos asfixiados por el olvido. Para quienes la sociedad ha relegado fuera de sí, por resultarles incómodos. Y, cómo no, para el loco junto a la panadería.

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